martes, 16 de agosto de 2011

VERTE ES PARTIR EN CARAVANA




Desde el insomnio,
un sueño despierto
es un umbral,
una puerta hacia el desierto,
una promesa de infierno o paraíso.
Otro reino a lo lejos:
un anhelo y un misterio.
Un sueño es despertar
y descubrirse en caravana.
Y toda entrada
o salida primordial
hacia el desierto
es siempre imagen palpitante
de tu cuerpo:
¿es espejismo tu comisura vertical,
el arco doble y almendrado de tus piernas,
la boca de tus vientos marinos,
tus ojos que al mirar me invitan
a salir de mí
 para observarte
con más calma,
entrando en el delirio
que fluye cálido
y profundo
en la noche iluminada
de tu cuerpo?
Voy de mi sombra
hacia el resplandor solar
de tu presencia.
Tocar tu piel
es conocer la frontera
entre un mundo encandilado
y la noche
que llevas dentro.
La que de nuevo me ordena
como la llama al insecto:
ven.
Cabalgo en mi estatura dromedaria,
cabeza sin cabeza,
trote sin prisa
ni compostura,
como un sueño con sed
y sin aliento,
que parte en caravana
desquiciada.
Obedezco.


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Fotografía de Gabriel Figueroa Flores
del libro Lugares prometidos, Artes de México, Colección Luz Portátil, 2006

miércoles, 27 de julio de 2011

NOCHE ESTRELLADA



Sonrisas paralelas,
radiantes, 
afiladas,
que dicen del nudo
de nuestros cuerpos
su dulzura
y su firmeza,
su intensidad 
y su vuelo.
Sonrisa de amante,
arriba de nosotros
es cada estrella.
Y el desierto
nos encaja
grano a grano
su reloj de arena
en la piel,
como yo en ti,
hundo 
lentamente
sin parar,
mis besos.

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Óleo de Fernando de Szyszlo, Noche estrellada.

jueves, 30 de junio de 2011

TUS MANOS ENCENDIDAS




Tus manos
se anudan
a mis manos
desnudas.

Antes
del nudo
se tocan
sin tocarse.

Se sienten,
se anhelan,
se aproximan,
se respiran.

El tacto
antes del tacto:
lengua de aliento
y hambre.

Y se dan
y dan de sí
todas sus ansias
posesivas.

Ambas,
anudadas,
sudan
su darse.

Tus uñas
dibujan
mis manos
línea a línea.

Tus yemas
las borran,
diluyen,
vuelven aire.


Me dices
con las uñas:
te muerdo,
te devoro.

En tu hambre
inquieta
mano soy,
poseída.


Te metes
en mis manos
y yo palpito
en tu sangre.

Te entregas
y me jalas
y me aprietas
y me tiras.

Me arañas,
me acaricias,
me besas
esa herida.

Las mañas
de la noche
entre tus dedos
tejidas.

Porque
esta noche
tus manos son
todo tu cuerpo.

Y en tus manos
soy fui seré
tu fuego
un instante.




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*Fotografías de Alejandro Zenker, de las manos del autor y las manos de Leda Rendón, que debían ser el cuerpo de las ilustraciones del libro titulado La huella del grito, publicado por Zenker en la editorial Minimalia. 
El libro entero, La Huella del grito, se puede ver AQUÍ. 
Y un montaje realizado también por Zenker de la sesión de fotos AQUÍ

lunes, 6 de junio de 2011

ENTRE EL NARANJO Y EL MAR




Entre el naranjo en flor
y el mar
entre tus piernas, 
el viento te trae
hasta mi rostro:
te miro porque te huelo, 
y al olerte te escucho,
tus sabores en los dedos
y en las uñas tus sonidos.
En el oleaje encrespado
de tu pubis 
hundo todo lo mío,
sueños, memoria, ideas,
y navego lentamente
tus olores,
tu sonrisa.
Tus anhelos huelen,
saben, hacen ruidos
diminutos, líquidos.
Así dices mi nombre,
ese sonido,
mientras mis dedos 
pacientes y curiosos,
lentos, casi detenidos
abren 
y acarician
detalladamente 
los gajos
labiales,
la fruta púbica,
que casi
has puesto
con tu mano
poderosa
en mi boca.


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Para escucharlo leído por el autor y con un comentario sobre Claudio Bravo, aquí, en la revista virtual @SinEmbargomx

lunes, 23 de mayo de 2011

NUEVE IMÁGENES FUGACES
DE UN ORGASMO
mal contenido.

Respuestas a una encuesta de El País Semanal pidiendo definir el orgasmo en un tuit.






Verme en tus ojos mirándote en los míos y entrar por ahí a acariciar tu sexo desde adentro, nueve veces, hasta sentir de nuevo el estallido.

Un grito dentro de un grito dentro de un grito dentro de un grito que brota latigueante en todo el cuerpo.

El encuentro ritual de un delirio creciente y un cuerpo donde éste finalmente no cabe.

La obsesiva y fulminante continuidad de un cuerpo hacia donde es imposible que esté: hacia otro tiempo, hacia otro cuerpo.

La afirmación de la vida, no hasta la muerte (eso es del católico Bataille, tan dado a los sacrificios), sino hasta una mejor vida que, lo sabemos, sólo durará ese instante que sentimos eterno.

La transformación, imaginaria y sensorial a la vez, de quien deseamos, en paraíso absoluto, único, explosivo.

La ilusión, convertida en relámpago, de que tu sangre y la mía palpitan la danza loca y ritual que, por un segundo, nos vuelve dioses uno para el otro. 

Una luz que ciega e ilumina y ciega e ilumina de manera creciente la llama que finalmente nos hace parte de ella. 

El crujido final de la sagrada libélula en nosotros, enamorada de la vela sin remedio ni retorno (Attar dixit).
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Leo una versión de este poema aquí.

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II
-->
NUEVE NUEVAS FUGAS  
DE UN ORGASMO esta vez muy contenido.

¿Qué es un orgasmo? Eso que con tanto esfuerzo rítmico evito para poder, algunas veces, multiplicarlo. 

El camino delirante, accidentado, carnavalesco y lleno de sobresaltos hacia ti es una y otra vez mi orgasmo. Eyacular es otra cosa.

Actuar ese sueño infinito de ajustarme a tu vuelo hacia la llama de la vela que siempre, con la misma intensidad, nos llama y nos toma y nos hace continuar anhelándonos como llama.

Tu danza incendiada dentro de la mía, sin principio ni final.

La respiración que se acelera, se quebranta, se emociona de nuevo, encuentra su cadencia, crea otra, la pierde, la reencuentra, pero nunca cesa.

Eso que se esconde, que amenaza, que se instala en la larga inhalación que nos eleva y así se muestra largo y definitivo.

Eludir el éxtasis equívoco de la cumbre única del relámpago para entrar en el intenso ascenso espiral que giro a giro van dibujando nuestros cuerpos como una demorada tormenta eléctrica.

Esa flor solar que va creciendo entre nuestras piernas cuando anudadas se multiplican.

Esa luna llena que regresa y se va a cada parpadeo hasta ocultarse plena y radiante en el horizonte de agua de nuestros cuerpos.

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Leo una versión de este poema aquí.

miércoles, 27 de abril de 2011

EL OLOR DE UN SUEÑO






ran serpientes 
y no palabras
las que salían de su boca.
Y algunas de esas víboras,
en la punta,
eran cabras,
eran iguanas,
salamandras,
sapos,
águilas sin alas,
peces sin río,
lenguas sin saliva.
Una larga lengua dividida en dos,
en tres, en diez,
en seis veces ciento once pesadillas.
Y el olor que de esas lenguas emanaba,
parecido al de un pescado podrido
de los que son manjar en Suecia
y anuncio de tragedia en Dinamarca,
era un olor tan denso
que se le miraba
y nos miraba:
era una nube con ojos,
con cuernos,
con mandíbulas,
barbas y orejas puntiagudas,
Parecía...
Satán a punto
de manifestar su furia
pero era tan sólo
el olor del aliento 
del sueño de don Marcelino
ese mediodía.


Se había quedado dormido, con la boca muy abierta sobre sus papeles mientras escribía en contra de los hombres de su tierra que se habían apartado de las reglas elementales de la fe, de la ley, de la ortodoxia. Y había despertado con sabor a manzanas muy fermentado en la boca. <...>
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Fragmento del capítulo final de la versión más reciente de Los demonios de la lengua. Ilustraciones de Joel Rendón.

sábado, 2 de abril de 2011

CUANDO TE VEA ME VERÁS
Las frutas de Rosita Borrás

Chico Zapote, foto de Rosa Borrás

«Amar es una insólita lujuria
y una gula voraz, 
siempre desierta.»
Xavier Villaurrutia

No es tan sólo el parecido
lo que altera mis sentidos
sino la pasión cortante,
como un cuchillo tenaz
y penetrante,
que abrió en la fruta,
para mis ojos
sorprendidos,
esta vertical,
inquietante,
como animada boca
voraz. 


En su húmedo silencio,
a punto parece de pronunciar
un deseo, un nombre, tal vez,
que ojalá fuera el mío.
El hormigueo de mi sangre, 
con su paso endurecido,
obsesiona furibundo

labios, sexos, ideas.
Tres ráfagas 
de vientos golosos
que me ayudan 
a navegar sin cesar 
los apetitos,
detenidamente,
hacia tu dulce chico zapote
por el corazón 
engañoso de tu fresa 
el fervor fermentado
de tus higos.
Y abajo, más abajo,
hasta tus mareas saladas
de palpitantes moluscos,
bien llamados 
en la lengua del amor
frutos de mar.

No es por majadería,
frutal Rosa Borrás,
que cuando te vea me verás
como a todos tus muchos fans
con la lengua muy de fuera
empalagada de más,
hablándote así,
al oído,
de las tantas mieles
que nos das.




Foto de Rosa Borrás

Foto de Rosa Borrás




Foto de Rosa Borrás











miércoles, 30 de marzo de 2011

NOTAS CAÍDAS
PARA UN POEMA URBANO
CON JACARANDAS

Foto de Jorge Vértiz.


Hoy las jacarandas me crecen y se me desgajan también por dentro.


Me invade la sensación, por ejemplo, de que por cada flor de jacaranda en el suelo alguien terminó de hacer el amor con una sonrisa. 


Por cada flor de jacaranda en la rama, una promesa, un deseo, un acto de amor a punto de cumplirse. Aunque sea en sueños.


En el instante que dura la caída de una flor de jacaranda alguien está haciendo el amor y siente que ese vuelo es eterno.


Hay que decirlo sin decirlo: de la rama de la Jacaranda al piso el vuelo de la flor es nuestro secreto. Eso que si lo dices, nadie fuera de nosotros lo entiende.


La flor de la Jacaranda crece en racimo como ilusión de besarte pero cae una por una, como tus besos.




La flor de la Jacaranda es una copa sonriente, algo torcida, como un beso que se vuelve mordida.



La flor de la Jacaranda es como una mano que hace magia girando. En su hechizo, al mirarla, nos alegra.


Cuando la jacaranda tiñe piso y cielo ella escribe en mi cuerpo dos palabras: plenitud fugitiva.


El barrendero me dice sonriente: son como pellizquitos que dejan a la calle amoratada. Y no presume de ser poeta.


La jacaranda fluye callada. Su esplendor dentro de nosotros no se detiene. Los autos rugientes bloquean la calle. Avanzan muy difícilmente. Así, en la misma  esquina conviven dos realidades lejanas.




Una vecina triste dice que la jacaranda ensucia su banqueta y su auto mientras otra sonríe con las manos llenas de flores moradas, caídas. Llena una canasta con ellas. Y dice:


Una calle sin jacarandas es como un enamorado sin besos.

Foto de @paseusted
La jacaranda nos hace levantar la vista y creer que, tal vez, la ciudad tiene más árboles que nunca.


La ciudad es hoy un bosque de ficus que corre entre vómitos de concreto. Las jacarandas nos recuerdan que donde sea puede florecer la poesía.


Esperada e intempestiva, la jacaranda sorprende, es como despertar juntos tantos años y siempre decirse, de pronto y por sorpresa, "buenos días".



Dicen que el florista y jardinero Sanshiro Matsumoto las trajo a México desde Brasil. Pero que su nombre es guaraní, y se pronuncia el Jacarandá. ¿Cómo y cuándo perdió el acento y se volvió femenina? 


Foto de Rosa Borrás
Una amiga que se aleja del país bailando nota que llegaron juntas las jacarandas y las lluvias de abril. Mientras se aleja cada vez más, casi sin voltear a verme, pienso que ella misma huele a flores y tierra mojada. Está, profundamente jacarandosa.  


Yo no escribo jacarandas, las cultivo. Y a veces las recojo del suelo y del cielo de la poesía.

Porque los poetas le han hecho tantos versos como flores ha tirado la jacaranda al viento.

Juan L. Ortíz se preguntaba de dónde le viene al cielo ese anhelo de morado cuando está a punto de florecer el jacarandá.


Darío le dice: "Erguido en la nostalgia te pintas de un azul blancuzco como el cielo y fino como un tul". 


Machado de Assis confiere a la Jacaranda arquitectura de oratorio y dice que de su madera se hacen bellos libreros.


Enriqueta Ochoa la llama "sueño lila que tira la llovizna de abril y arde sobre el rostro gris de la calle como tierna flama."


Sasha Sokol evoca y convoca el poder que tienen las jacarandas de ser alfombra y nube a la vez.

Foto de Rosa Borrás

Levemente, Mily Santos asegura que las jacarandas tienden una alfombra morada que aligera nuestros pasos.

Para Jorge F. Hernández la melancolía predomina cuando atestigua que "de lila las calles lloran".

Pero los pies teñidos de morado son una forma de plenitud amorosa que se presiente cuando llegan las jacarandas a la rama y al piso y Lylián de la Vega a alguien le dice
      "Ya llegó la época en donde te quiero cerca. Llegó el tiempo de caminar descalzos y llenarnos las plantas de los pies de color lila." 

Orlando González Esteva dice que al pie del  jacarandá caen las balas y los pájaros.

Alberto Blanco las mira detrás del muro vecino y evoca batallas de su infancia entre flores caídas. 


Juan Villoro, desde un avión llegando a la ciudad, la ve claramente como lencería. Se nota que tiene intimidad con la ciudad. Y no se equivoca.


Frank Lozano la vuelve flor antípoda del narciso: "Por más hermosas que son, las jacarandas no pierden el piso."

Severo Sarduy, comentando al primer Carlos Drummond de Andrade, sugiere que a la sombra morada del jacarandá es como mejor se escucha a los contadores populares de historias en las plazas públicas.


Aurelio Asiain nos lleva de la jácara a la jacaranda y así le pone música y parranda para decirnos que hay cosas muy distintas que son la misma: "¡Ah, quién la calle, si en la jácara anda y enamorada! Aquí en la calle, si en la jacaranda llena, morada..."


Y en la misma fiesta florida, cuando Aurelio me dice: "La jacaranda es morada y los ojos moradores, adoradores de mirada demorada." Le respondo al calce: La jacaranda sueña que mira cómo, desde el piso, alguien de morado, demorado, la admira.


Pero no es así todo el año. Pancho Hinojosa lo nota y dice de cierta persona que él conoce: "Era como las Jacarandas, cuando estaba en flor era jacaranda, cuando no, un simple árbol." 


Mirando mucho más arriba: "Las jacarandas en flor hacen por la ciudad lo que las estrellas por la inmensidad nocturna", testifica Adolfo White. Mientras Guadalupe Morfín las ve ya desplomadas como "Constelación de campanas caídas en la madrugada fría."


¿Habrá imaginado Matsumoto ver a su ciudad adoptiva teñida en pocos años así de jacarandas? Somos, en primavera, la huella florida de sus sueños.

Ojalá cultiváramos las jacarandas y aprendiéramos a venerarlas como los japoneses hacen con los cerezos. Seríamos ciudadanos diferentes. Mejores, tal vez, por un instante.
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